domingo, 30 de noviembre de 2025

Arctostaphylos uva-cursi

 

Arctostaphylos uva-cursi. J. botánico Jamchen
GRUPO B: Silvestres frutales 
SECTOR DEL JARDÍN: Zona autóctonos

La gayuba o uva de oso es un arbusto autóctono siempre verde, perteneciente a la familia de las Ericáceas, que puede alcanzar entre el metro y los dos metros de largo, no superando los 30 o 40 cm. de altura, formando una alfombra linda cuando tiene las condiciones ideales.


A esta valiosa mata le gusta los ambientes frescos de las montañas, ubicándose en Andalucía en los claros de pinares, encinares y robledales. En las sierras béticas orientales, la podemos encontrar en los ombrotipos húmedos (con más de 1.000 mm de lluvia anuales) y entre los 1100 y 1.800 m. de altitud. Se encuentra en laderas pedregosas algo húmedas, dentro de un amplio dosel arbóreo, como son los pinares de pino blanco o salgareño (Pinus nigra subsp. Salzmanii), con arces de Granada (Acer gopalus subsp. Granatensis), melojos y quejigos (Quercus pyrenaica y Q. Faginea), avellanos, fresnos, nogales, almeces, cerecinos (Prunus mahaleb), cespejones (Sorbus torminalis), e incluso tejos (Taxus baccata), entre otros. Entre sus asociaciones, se encuentra una buena parte de los arbustos típicos de zonas frescas y húmedas, por mencionar algunos, estarían los majuelos o espinos albares (Crataegus monogyna), los guillomos (Amelanchier ovalis), el durillo dulce (Cotoneaster granatensis), el agracejo o arlo (Berberis hispanica), la hiedra (Hedera helix), etc.


Tal como hemos comentado, aunque el Arctostaphylos uva cursi es más de zonas frescas y amante de laderas pedregosas con cierta humedad, como, del mismo modo, es buena amante de la exposición solar abundante, también podemos encontrarlo, ocasionalmente, en cotas más bajas desde los 500 o 600 m de altitud, tolerando climas más calientes, siempre que sean zonas algo húmedas. 


La uva de oso da unos frutos carnosos que son comestibles y muy medicinales. Entre sus grandes propiedades, se encuentran sus maravillosas virtudes diuréticas, antiinflamatorias, astringentes, entre otras muchas más. 


En este jardín botánico contamos con un ejemplar recién incorporado que se localiza en la zona de autóctonos, bajo un arce de Granada, dos pinos albares (Pinus sylvestris) y junto a un Amelanchier ovalis. Esperemos que la zona le guste y que pueda mostrar su característica de manta densa dentro de no mucho tiempo, aunque nos hacemos cargo, ya desde el inicio, de que es una planta de lento crecimiento.  



 

jueves, 27 de noviembre de 2025

Quercus faginea

 

Quercus faginea. J.Natural Botanico Jamchen
GRUPO B: Silvestres frutales 
SECTOR DEL JARDÍN: Zona Quercus y zona baja Terciarios.

Llamado comúnmente quejigo o roble carrasqueño, el Quercus faginea es un árbol marcescente, es decir, que se encuentra entre ser caducifolio y perenne, ya que pierde algunas de sus hojas en el invierno y mantienen las otras. Esta característica le da especial capacidad para intermediar entre los climas templados y los cálidos mediterráneos. 


En las montañas sureñas de la península, se esconde en barrancos sombreados o claros de bosque que tienen cierta humedad edáfica. Aguanta el mismo rango de temperatura que el alcornoque, entre 35º de máxima y -10º de mínima, pero requiere precipitaciones anuales mayores que aquel, entre 500 y 700 mm anuales, y es por eso que se oculta naturalmente en zonas más sombreadas y protegidas que le evitan la evotranspiración excesiva veraniega.  


El quejigo es uno de los árboles más rústicos, adaptables y menos exigentes, dentro de los robles blancos, que son los pertenecientes a la sección Quercus. Esta sección, que surgió a finales del Oligoceno, como hace unos 20 millones de años, es, junto con los de la sección Ilex, de los grupos más tardíos. Con todo ello, el quejigo debió aparecer a mediados o finales del Mioceno, o quizás más tarde, durante el Plioceno, desde los otros robles blancos, conforme los rangos de temperaturas fueron bajando a la vez que se acomodaban también a tiempos estivales más secos.


Las bellotas son amargas, pero pueden comerse muy tranquilamente si se les quita esa característica inicial, existen diversos procesos para ello.


Aunque las cartas geográficas de 1758 no mencionan la existencia de quejigos en los pueblos de la cara sur de las sierras de Tejeda y Almijara, salvo algunos en el pueblo de Cómpeta, es bastante seguro que en los barrancos de estas montañas debieron haber poblaciones destacadas de ellos. Lo que sí es cierto es que, en nuestros días y en estas zonas del mesomediterráneo bajo de la cara sur, se encuentra prácticamente extinto.


Estando el paisaje como está, y teniendo la opción inmejorable del alcornoque, quizás el quejigo no fuese la mejor elección de repoblación para estas zonas, pero, estoy seguro de que, dadas las temperaturas suaves de la zona, con pocas heladas y veranos no demasiado calientes, habiendo bosque circundante ya repoblado y en cañadas refugiadas, podría vivir perfectamente como lo hizo antaño. 


En este jardín botánico se mantienen 5 pies a pleno sol, no sin dificultades, con dos de ellos que, por fin, ya comienzan a alzarse, superando los dos metros de altura. 


miércoles, 26 de noviembre de 2025

Quercus rotundifolia

 

Quercus rotundifolia. J. botánico Jamchen
GRUPO B: Silvestres frutales
SECTOR DEL JARDÍN: Zona bancales y zona baja, bajo el algarrobal.

La especie Quercus rotundifolia, o también llamada Quercus ilex subsp. ballota, es una clase de encina muy bien adaptada a los climas suaves mediterráneos secos. 


Al contrario de otros Quercus, que surgieron a finales del Cretácico, la sección Ilex del subgénero Cerris es de las más tardías, ya que nacieron a comienzos del Mioceno, hace unos 23 millones de años. Todas las especies de esta sección, que incluye los  Quercus ilex, los Q. coccifera y los Q. alnifolias, entre otros, comparten la cualidad común de que las hojas tienen espinas en los bordes. Es una característica típica de ambientes secos y muy propensos al ramoneo. Ya sea este proveniente de ganado o de fauna salvaje. 


Los periodos áridos mediterráneos son realmente muy duros, las plantas tienen que hacer esfuerzos increíbles para mantenerse vivas, con lo que ralentizan sus crecimientos y se protegen con fuertes pinchos en sus hojas, sobre todo durante el primer periodo de crecimiento. Tanto el Quercus coccifera como esta especie en particular, Quercus rotundifolia, se adaptan a pleno sol y sequías estivales pronunciadas, creando grandes masas arbustivas impenetrables, también para su propia defensa. En el caso de la coscoja, es muy habitual que quede arbustiva durante toda su vida, sin embargo, la encina bellotera, crea esa masa solo al principio, dejando posteriormente que los ejemplares más fuertes tiren adelante, formando pequeños bosquetes muy protegidos con unos pocos pies de grandes tamaños. Tal como se puede apreciar en esta segunda imagen, esta masa de una parte de este jardín, de más de 15-20 años de edad, está comenzando por fin a despuntar hacia arriba. En unos pocos años más, será un bosquete precioso. 

Bosquete de Quercus rotundifolia. J. botánico Jamchen

Tal como su nombre común indica, encina bellotera, esta planta tiene la virtud de dar bellotas dulces, con lo que se pueden comer directamente del árbol si se quiere, o bien asadas. La bellota contiene multitud de nutrientes, entre ellos, la mayor parte de las proteínas que necesitamos los humanos, por lo que ha sido, desde siempre, y mucho antes de que llegaran los trigos a la península, nuestra comida principal. Romanos y griegos, por ejemplo, se alimentaban de bellotas durante sus contiendas, siendo su alimento principal, y así ha sido hacia atrás en la historia y hacia adelante, y así debería seguir siéndolo en el futuro, si somos capaces de dotar a nuestras tierras de su natural idiosincrasia.   


La repoblación de encinas es un poco complicada, dadas las condiciones naturales climática de los veranos. Para llevarla a cabo se necesita que los pequeñas plantas tengan protección, no solo del ganado o de la fauna salvaje, también del astro sol, con lo que lo más recomendable es plantarlas al abrigo de matorrales, ya sean estos de jaras, o de aulagas, o de matagallos, o de retamas, entre otros muchos arbustos. 


En este jardín natural botánico, contamos con dos pies de encina bellotera de buen tamaño ya alcanzando los cinco metros de altura, una arbustada crecida de forma natural, que ya he mostrado en la imagen, y unas cuantas plántulas repartidas en distintos lugares. Junto con el alcornoque, la encina es otra de las potencialidades de esta zonas medias de montaña, sobre todo en las partes más bajas, donde todavía hay bosques, aunque un poco deteriorados, bien conformados.   

martes, 18 de noviembre de 2025

Quercus suber

Quercus suber. J.Botánico Jamchen
GRUPO A: Silvestres -Autóctonos-
SECTOR DEL JARDÍN: Pequeña laurisilva, zona Quercus, etc.
El alcornoque es, sin duda, uno de nuestros mejores representantes arbóreos del sur de la Península Ibérica. Aunque se extiende también por muchas partes de las costas peninsulares, tanto del Atlántico como de Levante, las concentraciones boscosas más importantes y extensas de toda Europa se encuentran en Andalucía, concretamente, en el Parque natural que lleva su nombre y donde se protegen los resquicios laurisílvicos.  

A pesar de formar parte del reducto laurisílvico de hoy, es complicado determinar si en los tiempos primeros y centrales del Terciario, cuando todo el sur de Europa estaba poblada de bosques de laureles, los alcornoques formaran parte de estos en la Península Ibérica y sus islas. Sabemos que las Fagáceas del subgénero Cerris, de la sección Cerris, donde se encuentra el Quercus suber, surgieron, dentro del continente europeo, en el Paleógeno, hace como unos 66 millones de años (al igual que los de la sección Cyclobalanopsis), pero, dadas las condiciones climáticas paleotropicales del sur, es más seguro que los Cerris, durante el Oligoceno y parte primera del Mioceno,  poblaran las tierras de más al norte.   

Los alcornoques mantienen unas características particulares muy adaptadas a climas templados-subtropicales, con buena resistencia a tiempos de sequía estivales, con lo que parece poco probable que existieran como tal conviviendo con la selva húmeda de laureles de la primera parte del Terciario, aunque también termófilas, mucho más húmeda. Quizás, en zonas menos húmedas y templadas de la península, en los tiempos cuando se formó la Bética, hace unos 20 millones de años (que fue cuando surgieron los estivales secos, y los primeros síntomas de enfriamiento), ya podrían haberse instalado de la sección Cerris, el mismo alcornoque o robles antiguos más asemejados al roble cabelludo y otros similares, tan abundantes en el Plioceno y que, desde aquí, se fueran diversificando por hibridación variada. Lamentablemente, se conoce muy poco sobre el origen primero de los alcornoques.

Sea como sea, lo que sí es bastante seguro, es que, dentro de la familia de las Fagáceas, en las laurisilvas terciarias primeras hubo robles de hojas laurófilas siempreverdes de la sección Cyclobalanopsis, así como Lithocarpus y Castanopsis, entre otras. Y todas ellas, fueron, de alguna manera e hibridadas con otras Fagáceas, buena parte de los ancestros mismos de todos los Quercus sureños que conocemos hoy, incluido el mismísimo alcornoque.

Al alcornoque le gusta las tierras ácidas y tiene un rango de resistencia en temperaturas de 35 grados de máxima a -10 grados de mínima, con necesidad de un rango de precipitaciones anuales de 450 a 600 mm por año. 

Dadas estas condiciones, en los límites entre el termomediterráneo y el mesomediterráneo, en los esquistos y otras variantes acidófilas, donde existen ombroclimas subhúmedos dentro del Parque natural de Sierra Tejeda, tanto en su cara sur como en su cara norte, es donde se encuentra la idoneidad efectiva y potencial del alcornoque. 
Y no es solo por una cuestión teórica, en la practica, se pueden observar alcornocales de gran densidad en la parte norte y en la parte sur, todavía existen restos relictos de alcornoques naturales centenarios que, aunque muy dispersos, dan clara nota de lo que en su día pudo haber y la potencialidad que ello conlleva. Además de ello, se observa una gran abundancia de plantas típicas que, en zonas como esta, suelen ir asociadas al Quercus suber, tales como el Phlomis purpurea, el Cistus albidus o el Rhamnus alaternus, entre otras. Las evidencias son manifiestas, es bastante asombroso como aún los forestales no se han puesto manos a la obra. 

El lugar donde se encuentra este jardín botánico, que linda con el parque natural, cuenta, precisamente, con estas características, quedando apoyada la potencialidad e idoneidad mencionada con nuestras experiencias en la plantación de alcornoques, que está dando resultados espectaculares en muy pocos años. 

Actualmente contamos con un inventario de unos 21 pies de alcornoques, gran parte de ellos superando ya los 3 o 4 metros de altura, con tres sobrepasando los 8-10 metros y con un diámetro de tronco considerable.  
 
Ojalá que tales precedentes comentados, sirvan de motivación para hacer actuaciones en estas zonas abandonadas del Parque natural de Sierra Tejeda para que, en un futuro no muy lejano, puedan tener las generaciones futuras un maravilloso cinturón verde de alcornocal. 

 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Rhododendron ponticum subsp. baeticum

 

Rhododendron ponticum subsp baeticum. J. Botánico Jamchen

GRUPO A: Silvestres -Laurisilvas-
SECTOR DEL JARDÍN: Pequeña laurisilva


Sólo ha quedado una pequeña muestra en Europa de las antiguas Laurisilvas que la poblaron durante todo el Terciario y que duraron extensivamente hasta la formación del Mediterráneo, como hace unos 6 millones de años. Con la llegada del enfriamiento pliocénico y las posteriores glaciaciones, estas selvas fueron desapareciendo hasta casi su total extinción. La muestra de la que que hablamos se encuentra en el Parque Natural de los alcornocales del sur de Andalucía, en lugares muy particulares donde hay profundas cañadas.


Este espectacular enclave, con temperaturas suaves en invierno y en verano, sirvió, durante millones de años, como refugio de esta flora laurisílvica, superando, incluso, las glaciaciones. De entre todas estas escasas especies relictas que conforman selva hoy día, la que yo pienso como más particular y significativa, es el Rhododendron ponticum, subsp. baeticum, que hoy presentamos. Hay muchas razones para ello. 


El nombre común de la planta es Ojaranzo, y convive, cercano a los cursos de agua, con otras especies  de árboles y arbustos relictos del Terciario, como son el Quercus canariensis (Quejigo andaluz), el Laurus nobilis (laurel), el Frangula alnus subsp. baetica (arraclán) el Alnus glutinosa (aliso) y el Ilex aquifolium (acebo), entre otras. 


Toda la planta de ojaranzo es tóxica, sin embargo, es una de las plantas más bellas que existen, compartiendo tal particularidad con las otras de la familia de las Ericáceas, como son las azaleas, las gardenias, las camelias, etc., todas ellas con necesidad de suelos ácidos y alta humedad ambiental y edáfica. En las tierras sureñas nuestras, este arbusto de hojas verdes claras y flores hermosas de color rosa-malvas, no suele sobrepasar los 5 metros de altura, en el mejor de los casos.


En agosto de 2025, tras años de búsqueda, en un vivero muy lejano perdido en un bosque, al fin encontramos un ejemplar y lo hemos introducido en este jardín botánico. Aunque el terreno donde ha sido plantado, no tiene mucha profundidad, ni gran humedad edáfica, contamos con la ventaja de que la tierra es naturalmente silícea, son esquistos, además, se encuentra enriquecida ácidamente debido a las acículas de la arboleda de pino que le da también la sombra suficiente que necesita. Apenas le caen algunos rayos de sol al día, esperemos que sea suficiente para que tenga una correcta floración. Si sobrevive este invierno y florece después de pasar los rigores térmicos de la zona de montaña donde estamos, el éxito podría estar garantizado, mientras, claro, no le falte agua. 


Muchas veces me he preguntado porqué algunas especies relictas de Andalucía, tan valiosas, no están más promocionadas, ni se encuentran en producción, ni son repobladas, como es el caso del ojaranzo. La conservación de lo que hay en este presente es fundamental, pero la posibilidad de lo que pudiera haber con nuestra natural intervención, también lo es.   






Morella faya

Morella faya. 2005/Jardín Natural Botánico Jamchen
Morella faya. J. Botánico Jamchen
GRUPO B: Silvestres frutales y medicinales -Laurisilva-
SECTOR DEL JARDÍN: Pequeña laurisilva

En medio del Terciario, hace como unos 20 o 30 millones de años, en los tiempos de esplendor de las laurisilvas europeas, empezaron a emerger de lo profundo del Atlántico un conjunto de islas hasta formar lo que hoy conocemos como la Macaronesia. La Macaronesia está compuesta por cinco archipiélagos, entre los que se encuentran las Islas Canarias. 


Pues bien, formadas las islas, los pájaros, el viento y otros acontecimientos naturales, fueron trasladando del continente europeo y africano las semillas de muchas de las plantas laurisílvicas que existían por aquellos entonces. La selva que se conformó en las islas, por circunstancias excepcionales, aun sigue existiendo después de 15 millones de años, con lo que en este presente, podemos hacernos una idea muy clara y viva de cómo hubiera sido el sur del continente europeo durante el Terciario. Ciertamente, hay muchos géneros que echamos de menos en la Macaronesia y que sabemos que existieron, pero la diversidad actual de especies, nos basta para ennoblecer aquellas selvas templadas de los climas subtropicales antiguos.      


La especie a la que hoy vamos a dar honor, vive en esas laurisilvas canarias actuales. Se trata de la faya o haya canaria, un árbol, perteneciente a la familia de las Myricáceas, que, además de ser muy abundante dentro de esta flora, se encuentra adaptado a diferentes ámbitos ecosistemáticos de las islas, como son: los bosques termófilos más bajos, las laurisilvas más profundas, el pinar de las montañas y, su representación más habitual, que es el fayal-brezal.


El fayal-brezal es una asociación cuyas características son la Morella faya y la Erica arborea y se encuentra en las llamadas laurisilvas de altura, a unos 1.300-1.500 metros. Son terrenos más frescos y pobres y están fuera de las influencias de las nieblas de los alisios veraniegos. Esta adaptación le hace ser un vegetal muy propio y resistente para terrenos más fríos y secos, como son los que tenemos en el Mediterráneo peninsular. 


El haya canaria es un árbol dioico, con lo que necesita de pies masculinos y femeninos en distintos árboles. Viene a medir de 3 a 6 metros de alto, aunque, en el interior de la laurisilva, puede llegar hasta más de 20 metros.


Los frutos de la faya son comestibles. Se pueden comer crudos o bien, como hacían los antifguos, que lo consumían a menudo, secados al sol y molidos. 

Entre otras virtudes medicinales de este árbol, la infusión de sus flores tiene muy buenas propiedades anticatarrales.


Este verano hemos incorporado un ejemplar de esta especie en nuestro pequeño rincón llamado "La pequeña laurisilva". De momento, está muy bien adaptada, vamos a ver cómo lo lleva durante este invierno.